En 1975, el rock todavía estaba descubriendo de qué era capaz. El punk apenas gestaba su rabia, el metal buscaba su identidad, y el prog rock se debatía entre la genialidad y el ego. En medio de todo eso, Queen hizo lo impensable: lanzó un disco donde el rock se transformaba en ópera, vodevil, barroquismo, sátira, glam y emoción pura… sin perder el corazón.
A Night at the Opera no solo es uno de los mejores álbumes de los 70. Es una obra maestra sin género.
Grabado en una época tensa para la banda (y aún más para sus finanzas), este cuarto disco de Queen es el resultado de una apuesta: o lo damos todo, o nos extinguimos. El resultado fue un viaje de 12 canciones donde nada suena igual, pero todo encaja. El álbum abre con Death on Two Legs, una carta de odio elegante disfrazada de rock teatral, y de ahí en adelante, no hay reglas.
El caos como arte
De la dulzura folk de ’39 a la locura circense de Lazing on a Sunday Afternoon, del heavy de Sweet Lady al himno eufórico de You’re My Best Friend, Queen lo hace todo… y lo hace bien. Es como si The Beatles, Led Zeppelin, David Bowie y Monty Python hubieran decidido hacer un disco juntos, pero solo Freddie, Brian, Roger y John podían lograrlo con esta precisión.
Bohemian Rhapsody: el centro del universo Queen
Y por supuesto, está Bohemian Rhapsody. Un experimento de seis minutos que nadie quería en la radio, pero que terminó redefiniendo el concepto de “canción popular”. Balada, ópera, hard rock, drama, redención.
“Is this the real life? Is this just fantasy?”
Sí. Es ambas cosas.
Mucho antes de TikTok y el hype viral, esta canción ya vivía en la cabeza de millones. Su impacto es tan transversal que ha sido homenajeada por Panic! At the Disco, versionada por Muse, parodiada por Wayne’s World, y redescubierta por nuevas generaciones cada década.
Más de seis estudios distintos, producción a cargo de Roy Thomas Baker y la propia banda, capas infinitas de voces, guitarras grabadas como orquestas, letras que van del sarcasmo al dolor. A Night at the Opera no fue un disco fácil ni rápido. Fue el trabajo obsesivo de una banda que creía ciegamente en su visión.
Y esa visión funcionó.
Queen pasó de promesa extravagante a institución del rock mundial.







